Capítulo 6

CAPÍTULO 6: EL REGRESO AL FORTÍN

Me acerqué al fortín con sigilo, sintiendo un alivio momentáneo al ver que todo parecía estar en calma. Escuché los ronquidos de algunos hombres y pensé que, por fin, estaba a salvo. Sin embargo, al dar un paso en falso, tropecé con algo y un chillido rasgó la oscuridad de la noche. Era el loro de Silver, que, con su voz estridente, repetía sin cesar: "¡Monedas! ¡Monedas!".

Antes de que pudiera reaccionar, una sombra emergió frente a mí. Un pirata me descubrió y gritó alarmado, despertando a los demás. Intenté huir, pero tropecé con otro hombre y caí directamente en los brazos de John Silver. La tenue luz de una antorcha iluminó su rostro astuto.

Al levantar la vista, me di cuenta de la terrible verdad: los piratas se habían apoderado del fortín. No había señales de mis amigos, y por un momento temí lo peor. Sentí un nudo en la garganta al pensar que podían haber caído en manos de los amotinados.

Silver me observó con su expresión calculadora, esa sonrisa burlona que nunca se desdibujaba de su rostro. Me explicó que mis amigos me habían abandonado, que el doctor había venido a negociar con ellos y que ya no les importaba mi destino. Pero no creí ni una palabra. Aun así, mi situación era delicada. Silver me propuso unirme a él y a su tripulación, asegurándome que era mi mejor opción. Con valentía, rechacé la oferta sin dudar.

Los piratas reaccionaron con hostilidad. Uno de ellos, enfurecido, desenfundó su cuchillo y se abalanzó sobre mí, pero Silver se interpuso con rapidez. Con autoridad, ordenó que nadie me hiciera daño, dejando claro que seguía al mando y que yo podía serles útil. Los hombres, aunque recelosos, se alejaron para deliberar sobre el futuro de su líder.

Mientras los piratas discutían entre ellos, Silver se inclinó hacia mí y me habló en voz baja. Sabía que su liderazgo pendía de un hilo y que lo querían fuera del camino. Si yo lo ayudaba, él haría lo mismo por mí. Era un pacto peligroso, pero entendí que, al menos por el momento, necesitaba a Silver tanto como él me necesitaba a mí.

Cuando los piratas regresaron, traían consigo la mancha negra, un símbolo de destitución entre los suyos. Se la entregaron a Silver, declarando que había fallado como capitán y que su liderazgo llegaba a su fin. Sin embargo, el astuto pirata no perdió la compostura. Les reprochó que habían cometido un sacrilegio al romper una página de la Biblia para hacer la marca y luego, con su aplomo habitual, desmontó cada una de sus acusaciones. No había desperdiciado al rehén, mantenía buenas relaciones con el doctor, y además… tenía en su poder el mapa del tesoro.

Los piratas, sorprendidos y eufóricos, olvidaron su desconfianza y volvieron a aclamar a Silver como su líder. El mapa del tesoro les devolvía la esperanza de hacerse ricos, y con ello, el control de Silver sobre la tripulación se restableció.

A la mañana siguiente, una voz resonó desde el exterior del fortín. Era el doctor Livesey, que había regresado. Silver, con su tono más cordial, lo recibió con una sonrisa y le aseguró que los heridos estaban mejorando. Pero lo que más sorprendió al doctor fue verme prisionero entre los piratas.

Disimulando su sorpresa, el doctor entró y comenzó a atender a los heridos, repartiendo medicamentos y curando sus heridas con la misma dedicación que si fueran sus propios compañeros. Cuando terminó, pidió hablar a solas conmigo. Los piratas protestaron, pero Silver intercedió y, con su habitual astucia, consiguió que se le concediera unos minutos de conversación.

El doctor y yo salimos del fortín, con Silver caminando a nuestro lado y los piratas vigilando con recelo. A una distancia prudente, Silver se apartó lo justo para que el doctor y yo pudiéramos intercambiar unas palabras sin ser oídos.

El doctor, con un gesto serio, me recriminó mi imprudente escapada, pero al escuchar lo que había logrado hacer con La Hispaniola, su rostro cambió. Le conté cómo había encontrado el bote de Ben Gunn, cómo había llegado hasta el barco y cortado las amarras, logrando que encallara en la bahía del norte. Fue un plan arriesgado, pero ahora los piratas no tenían forma de huir.

El doctor, impresionado, me propuso escapar con él de inmediato. Pero con un nudo en la garganta, negué con la cabeza. Había dado mi palabra a Silver, y si me iba, lo condenaría a muerte. A pesar de ser un enemigo, Silver me había salvado la vida.

Livesey suspiró. Sabía que yo tenía razón. Antes de irse, se volvió hacia Silver y le advirtió que, cuando llegaran al tesoro, habría problemas. Le aconsejó que se mantuviera cerca de mí si quería sobrevivir. Con una última mirada de complicidad, estrechó mi mano y desapareció entre los árboles, dejándome de nuevo en manos del astuto pirata.